Releyendo a Hipócrates (I)

Sobre la dieta en las enfermedades agudas

“Los autores de las denominadas Sentencias Cnidias describieron con precisión las experiencias que sufren los afectados de cada enfermedad y la manera de resolverse de alguna de ellas. Y hasta ese punto incluso alguien no profesional en medicina podría describirlo sin error, si los enfermos le informasen adecuadamente de las experiencias que sufren. Pero cuántos datos necesita conocer el médico profesional sin que el enfermo se lo diga, de éstos muchos no los tienen en cuenta; síntomas, que son importantes de cara a un diagnóstico y variable según los casos.”

Nuestro querido Hipócrates, en este extracto de sus “Tratados” (que muy discutiblemente se le adjudican) nos enseña que para ser buenos médicos no precisamos de lo que dicen los pacientes. Revela así, la grandiosidad que legó a los médicos modernos. Su manera de hacer medicina, centrada en la enfermedad de los órganos, en la pretendida explicación biológica de acuerdo a los conocimientos de la época, entró en un amesetamiento hasta fines del Renacimiento. No contentos con ver lo que los ojos les permitían, echaron mano al juguete nuevo de la Biología: el microscopio (Janssen, 1590). Así, Thomas Sydenham realiza los primeros cortes histológicos cerebrales, William Harvey describe la circulación sanguínea al observar capilares (1665), Leeuwenhoek describe los glóbulos rojos, y ni hablar de los primeros psiquiatras que en realidad, se dedicaron a la Neuroanatomía.

Al parecer, para ser buen médico, hipocrático que se dice, hay que tratar de hablar lo menos posible con los pacientes. Su relato puede entorpecer al bendito “ojo clínico” que está descubriendo la enfermedad en ese cuerpo. Mirar, mirar, mirar. De eso se trata esta ciencia. Libros, enseñanzas, y una tradición de miles de años proponen observar a los pacientes, y no escucharlos. Tristemente, esta manera de hacer medicina sigue vigente en nuestros días. El desarrollo del diagnóstico por imágenes, las modernas técnicas de laboratorio, pero sin perder la experticia en un buen examen físico, están a la orden del día. Pero haciendo contrapunto, el doctor Esteban Laureano Maradona (refiriéndose a su experiencia con una comunidad indígena), dijo mucho tiempo después: “Cuando yo llegué empezaron los problemas. Todo esto era monte, solo había cuatro o cinco ranchos y estaba todo rodeado de indios, que por otra parte me querían matar. Tanto que uno de ellos, que era famoso, me agarró de las solapas y me sacudió, amenazándome. Pero nunca les tuve miedo ni me demostré asustado. Y no por dármelas de valiente. Sino que soy así nomás. Pero con la palabra dulce y la práctica de la medicina, tratando las enfermedades, dándoles tabaco y consiguiéndoles ropas, las cosas fueron cambiando. Así los traté hasta hoy. Me remangué, me metí en el monte sin ningún temor, arriesgando mi vida y también mi salud.” ¡Con la palabra dulce! Claramente, el ejercicio de la clínica renovada incorpora el diálogo, no sólo como instrumento para obtener información sobre las enfermedades, sino para aliviar, acompañar, conocer a la persona que sufre. Guardar el ojo clínico en el maletín, para convertir el acto clínico en un auténtico encuentro humano. No sé ustedes, pero yo me quedo con Maradona.

La tenés adentro, Hipócrates. 

Advertisements
This entry was posted in Uncategorized and tagged . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s